Me despertaba cansada.
No ese cansancio que se va con café. El otro. El que está ahí cuando abres los ojos y ya sabes que va a ser un día de supervivencia.
Me levantaba de la cama como si hubiera corrido una maratón mientras dormía.
Y eso era antes de ducharme. Antes de preparar el desayuno. Antes de fingir delante de mis hijos que estaba bien.
Subí 12 kilos en tres años sin cambiar lo que comía. Se me caía el pelo a puñados en la ducha. Tenía frío cuando en casa todos llevaban camiseta.
En el trabajo perdía el hilo en mitad de una frase. Llegaba a casa y no tenía nada dentro.
Mi marido pensaba que era el estrés.
Mi madre decía que eran los años.
Mi médico de cabecera me miraba las analíticas y me decía: "Todo dentro del rango normal. Siga con su Eutirox."
Y yo empezaba a creerles a todos. Que el problema era yo.
Que no me esforzaba suficiente. Que exageraba. Que así iba a ser el resto de mi vida.
Lo más frustrante era que hacía todo lo que me habían dicho:
Tomaba mis 88 mcg de Eutirox cada mañana en ayunas, media hora antes de desayunar.
Iba a mis revisiones cada seis meses.
Mis analíticas siempre volvían "en rango".
Y seguía sintiéndome exactamente igual.
Gasté más de 2.000€ en endocrinólogos privados que me decían lo mismo que el de la Seguridad Social.
"Su TSH está bien. Intente comer menos."
"Sus niveles son normales. Es el estrés."
"Está en la mejor dosis posible. Hay que tener paciencia."
Cada vez salía de la consulta sintiéndome más sola.
Porque me hacían sentir que el problema era yo.
Hasta que entendí lo que realmente estaba pasando.